martes, 25 de octubre de 2011

Monte Rosa (segunda parte)



Dejamos la parte más rota del glaciar para empezar a subir por una pendiente poco empinada. Una pendiente que acaba con la paciencia de uno, interminable. Los pasos son lentos en un camino marcado y las distancias no se acortan. Por delante de nosotros siempre vemos las mismas cosas, por detrás, también. Las dimensiones son enormes. Se mira al suelo para no perder la motivación, el tiempo va pasando.
Poco a poco, se va dejando ver la arista por la que hay que subir para llegar a la cumbre de Dufourspitze (Monte Rosa). El objetivo es atravesar dicha arista, el pasaje más hermoso del ascenso, incluso más que llegar a su cumbre.
Monte Rosa, el segundo pico más alto de todos los Alpes, el más alto en la vertiente suiza, en el macizo que posée la mayor cantidad de cuatromiles. Acompañado del Nordend, del Zumsteinspitze y Punta Gnifetti en un mar de nieve y hielo. Un gran paraiso.



Suavemente vamos llegando a la arista, hay que tener paciencia y no impacientarse porque se nos haga tarde. La subida es larga con sus casi 2000 metros de desnivel y con un gran tramo por encima de los cuatromil. La arista es el tramo más complicado de la subida, con algunos pasos de tercero en dificultad. El cuerpo está cansado, lleva mucho tiempo subiendo por paisaje monótono.



De repente te vés en un filo con centenares de metros de vacío a ambos lados. Mi cabeza se despierta, supongo que es la liberación de la adrenalina y activa todas las funciones de mi cuerpo. La altura, no me afecta lo más mínimo. Tengo que estar con tantos sentidos que se me ocurran a parte de los cinco que tenemos. Miro hacia atrás. Tengo a Lorena. En ese preciso momento me gustaría ser omnipotente y llevarla en brazos saltando de piedra en piedra hasta la cumbre. Me gustaría quitarle todas las preocupaciones que se le pasan por la cabeza y cantarle una canción para que sonría. Pienso en quitarle importancia al asunto y hacer como si no estuviéramos en esta situación, la cumbre la podemos tocar con la mano, sacarnos unas fotos y en un abrir y cerrar de ojos estar en la terraza de un bar en Zermatt, tomando una cerveza y comentando el día.



Pero me siento impotente de poder hacer estas cosas. Mi poder se limita a mi cuerpo como mero transmisor de mis ideas. Una fuerza más bien mental que física y con éstas, me las tengo que apañar como séa. Lo más seguro es la prudencia y cada paso me lo pienso más de una vez. Los crampones chirrían en la roca. Los dos pares. Vamos encordados y sin seguros, es lo más normal en estos menesteres. En cada paso miro hacia atrás y doy ánimos a mi compañera.
Vamos suavemente.
Una última rampa de pocos metros en mixto y por fin, aparece la cumbre!!



Abrazos!!
Alegría!
Temo más por mi compañera, que por mi. Quisiera ir solo a estos lugares. Creo que soy egoista en este sentido. Muchas veces pienso que mi vida no es tan importante...También soy consciente de que estoy equivocado. No es importante para mi...



La bajada se hace más sencilla, pero la hacemos de forma muy prudente. Hay una cuerda fija instalada, de estas gruesas típicas de los Alpes. La maroma nos deposita en el mismo collado entre el Nordend y la Punta Dufour, que es la que acabamos de bajar. Y desde allí nos dirijimos al refugio de nuevo, donde habíamos pasado la noche.



La bajada se hace mucho más rápido que la subida, medio corriendo, medio paso ligero.
Tengo que reconocer que mis piernas volvieron a temblar en la parte del glaciar donde me había incrustado en la grieta. Cuando lo superamos, respiré tranquilamente. Un alivio enorme.

En el refugio tuvimos un descanso de pocos minutos. Recogemos y nos tiramos hacia abajo para conseguir llegar al último tren cremallera destino Zermatt.

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